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Discurso de Inauguración

 

¿Cómo poder, en unas cuantas palabras, expresar cuales serían los motivos para la creación de un espacio como este, Montaña Despierta, un Espacio para la Práctica de la Meditación Inspirada en el Zen? Un grupo de incautos llevamos ya algunos años practicando, sentándonos en zazen todos los lunes, haciéndonos bolas con algunos textos. A mi mismo, con tanto ajetreo, ya parece habérseme olvidado el para qué de todo esto. Y es que así es esta práctica, escurridiza como una liebre, y al mismo tiempo, tan firme como una montaña. Momento a momento, podemos ser testigos de cómo se olvida y se recupera: de cómo nos perdemos y cómo retornamos de nuevo. Daría la impresión de que justamente esa es nuestra naturaleza, la de ser lucha, la de ser budas y humanos simultáneamente en medio de esa lucha. Por eso recibí con gran agrado el cuadro de tonos acuáticos que se encuentra en el umbral de la entrada al zendo, un cuadro pintado por una amiga mía, intitulado “La expulsión del paraíso” (ver supra). Creo que si pudiera formular mi aspiración para este lugar de práctica sería esa: que pudiéramos practicar en medio de la expulsión, desde ahí, desde la caída misma. Quizá hasta pudiéramos empezar a disfrutarla un poco. Paradójicamente, despertar en medio de nuestra tragedia es lo que nos convierte en Budas. Y es precisamente lo que me atrae del Budismo Zen. Más que sucumbir a una nostalgia de un paraíso perdido, que hemos de recuperar a toda costa, nos enseña a quedarnos con nuestra vida cotidiana tal y como es. Ese es el inicio del Camino. Nos conmina a practicar en y con ella, con todas sus imperfecciones, contradicciones, ambigüedades, luchas y búsquedas. El Zen apunta hacia lo ordinario, no hacia lo extraordinario. La revelación está dada, en palabras del maestro vietnamita Thich Naht Han, por descubrir que el milagro no es caminar sobre el agua sino sobre la tierra. El Zen es un camino del mundo, aunque a veces haya que retirarse para darnos cuenta; es un aprender a seguir la corriente nadando al mismo tiempo en contra de ella; es poder vivir la vida tal como se nos presenta, pero no en una inercia, sino haciendo constantemente una diferencia que la ilumine y que la santifique.

Sin embargo, esta realización es posible sólo cuando aceptamos que las condiciones de nuestra existencia, de toda existencia, siempre escaparán a nuestro control, a nuestras pretensiones. ¿Por qué no entonces poder empezar a abrirnos a la multiplicidad de nuestra experiencia, a lo irreducible de la misma, con el fin de poder volvernos más íntimos con ella? Así definía Dogen Zenji, fundador de la escuela Soto Zen en Japón, la iluminación: intimidad con todas las cosas; apertura radical; espaciosidad; asombro; no-saber; conocimiento que es compasión. Esta es la línea de instrucción que a nosotros nos interesa. Es lo que quiso transmitir Shunryu Suzuki Roshi a su llegada a América, y de ahí el querido grupo de maestros Zen del Centro Zen de San Francisco cuya línea de enseñanza seguimos aquí en Montaña Despierta: el valor de lo ordinario, el poder redentor de nuestra vida cotidiana, como lugar privilegiado de práctica, nuestras relaciones humanas, nuestras equivocaciones, nuestras búsquedas desesperadas, nuestro lugar de exilio, ese es nuestro templo, nuestro zendo portátil. En última instancia, parece que no ha sido tan malo haber sido expulsados, porque sin caída no habría retorno, ni siquiera habría viaje. Dogen Zenji escribe en el Genjo Koan, “cuando el dharma no llena nuestro cuerpo-y-mente, creemos tener suficiente. Cuando el dharma llena nuestro cuerpo-y-mente, nos damos cuenta que algo hace falta”. Darnos cuenta que algo nos falta es lo que permite que continúe el movimiento. No se trata de tenerlo todo. ¿Y qué es el budismo si no el estudio del sufrimiento que le asociamos a esa falta, de por qué la vida se siente como se siente, en qué sentido es que algo nos falta, cómo es que desde otro punto de vista se sabe que no podría ser de otra forma, que nuestra vida es vasta e insondable, misteriosa e inmensa, tal y como es, y que hay un Camino susceptible de ser cultivado, no para erradicar las faltas, sino para sentir que nuestra vida es un recorrido significativo, tanto para nosotros como para los demás? Quisiera que este espacio fuera propicio para desarrollar la Gran Fé, el Gran Valor y la Gran Duda, quisiera que fuera propicio para que nuestros poros pudieran dejarse impregnar por la Gran Pregunta, quisiera que este espacio fuera propicio no para finalmente poder entender lo que es el Zen, sino para siempre poder preguntarnos qué es el Zen, qué es la Vida, nuestra Vida, la vida que tenemos, que nos ha sido dada; un espacio para poder perdernos y encontrarnos, y para poder perdernos otra vez...

Con su sonido hueco y tajante, el Han nos llama, nos convoca. En él está inscripto:

 

GRANDE ES EL ASUNTO DEL NACIMIENTO Y LA MUERTE

EL TIEMPO NO ESPERA A LOS HUMANOS

¡DESPIERTA! ¡DESPIERTA!

NO DESPERDICIES TU VIDA

 

O también:

 

COMPLETAMENTE LIBRES DEL SÍ Y DEL NO

GRAN VACUIDAD FLUYE POR TODAS PARTES

INMERSOS EN LA MENTE DEL ASOMBRO

COMO UN PEZ, COMO UN TONTO

 

Mi deseo sincero es que juntos practiquemos así.

 

Sergio Stern

en nombre de la Sangha Montaña Despierta

Junio 2008, Xalapa, Veracruz, México.

 

Link a la reseña de la inauguración de Montaña Despierta por parte del Centro Zen de San Francisco:

http://news.sfzc.org/content/view/560/52/