Se encuentra usted aquí

Stephen Batchelor - Teocelo 1 2005

 

Teocelo, Ver., jueves 10 de noviembre 2005.

 

 

Retiro de meditación bajo la guía de Stephen y Martine Batchelor

Charla de Stephen Batchelor. Primer día.

 

Me gustaría comenzar la charla de esta mañana con una parábola muy conocida perteneciente a las enseñanzas budistas; se encuentra entre los discursos medios del Canon Pali y trata sobre el ejemplo de un hombre a quien le disparan una flecha:

 

 

“El Buda dice: —Imaginen un hombre tendido sobre el suelo, herido de flecha.

Buda pregunta: —¿Qué pensarían si ese hombre dijese: “No permitiré que me saquen esta flecha hasta saber el nombre de quien la lanzó, qué forma y qué longitud tenía el arco con que la lanzó y si la flecha tenía la punta muy afilada o chata”?

Los monjes contestan: — ¡Pues sería absurdo! ¡Con toda seguridad esa persona moriría antes de poder obtener toda esa información!

El Buda dice: —De la misma manera, quien desee practicar mis enseñanzas, pero antes de hacerlo insista en saber si el mundo tiene o no un principio, si tiene o no un fin, si el mundo es o no es infinito, si la mente y el cuerpo son la misma cosa o si la mente y el cuerpo son distintos entre sí, si un buda existirá o no después de la muerte... esa persona morirá antes de poder encontrar respuesta a todas estas interrogantes y nunca empezará a poner en práctica lo que yo enseño.”

 

 

En este pasaje, el Buda sugiere que este tipo de preguntas —que generalmente se consideran como religiosas o filosóficas— no nos conducen hacia la práctica que él nos enseña y que en lugar de perder el tiempo especulando sobre ello, lo esencial es sacar la flecha. La flecha aquí simboliza el sufrimiento que forma parte de nuestra condición. Cuando le preguntaban a Buda: “¿Qué es lo que enseñas?”, solía responder: “Enseño el sufrimiento y enseño el fin del sufrimiento”.

 

Considero que esta parábola tiene varios niveles de significado. En primera instancia, nos enseña que lo que estamos haciendo —por poner un ejemplo, en un retiro como éste— básicamente tiene un objetivo terapéutico. Uso “terapéutico” en el sentido más amplio posible, en el sentido profundo de una especie de sanación. No se trata simplemente de una psicoterapia, ni de la curación de ciertos problemas específicos, sino de algo que podríamos llamar más bien una terapia existencial. La práctica del budismo presupone un estado básico de salud mental y cordura, pero se trata de un conocimiento que enseña que incluso una persona que esté bien adaptada y goce de salud en cuerpo y mente está atrapada en el sufrimiento inherente a la condición humana. Cuando el Buda describe este sufrimiento existencial lo relaciona con el hecho de haber nacido, de estar sujetos a la enfermedad, a la decadencia del cuerpo, a la vejez y en última instancia, a la muerte. También afirma que este mundo es un lugar donde deseamos ciertas cosas pero fracasamos en obtenerlas, un lugar donde también muchas de las cosas que no deseamos se convierten en cosas que sí obtenemos; en fin, que a pesar de toda la belleza y todas las posibilidades que este mundo nos ofrece, también es un mundo incapaz de satisfacer plenamente lo que anhelamos para nosotros mismos. De esta manera, la práctica del Dharma consiste en aprender a entender la naturaleza del mundo; no intenta hacernos sentir tristes o deprimidos, sino que pretende ayudarnos a alinear nuestra percepción de las cosas con la manera en que las cosas son en realidad. Éste es el punto de partida de esta práctica.

 

En esta parábola también podemos observar que se deja fuera mucho de lo que podría considerarse como “religión”, que no hay necesidad de creer en un dios o ni siquiera en un buda, que no tiene ningún sentido plantearnos la idea de que hay una parte de nuestro ser que está separada de la naturaleza de este mundo insatisfactoriamente imperfecto y cambiante. El Buda es muy crítico de cualquier noción de un yo o alma inmune, independiente de estas condiciones de vida; pero el hecho de que no responda a estas preguntas —porque no las responde— no significa que, por lo tanto, debamos adoptar la posición del ateísmo. Preguntarse si hay o no dios, si el mundo tiene o no un principio, simplemente es irrelevante, lo mismo que plantearse si una persona puede o no sobrevivir a la muerte física.

 

Conforme el budismo se ha desarrollado históricamente, ha tendido a convertirse en una religión; pese a que el Buda se rehusara a dar respuesta a estas preguntas, la mayoría de las escuelas budistas han llegado a algún tipo de elaboración de respuestas a ellas y, al hacerlo, pese a que el Buda dijo que no es útil preguntarse si el cuerpo y la mente son una sola cosa o son distintos entre sí, la mayoría de las escuelas de budismo hoy en día creen que la mente y el cuerpo son diferentes y, en parte, esta creencia obedece a encontrarle un sentido a la doctrina de la reencarnación.

 

Entonces, si volvemos a las enseñanzas del Buda, este tipo de preguntas no vienen al caso. Lo que sí resulta básico es ver clara y profundamente la naturaleza de nuestra condición aquí y ahora, y el Buda a veces compara esta práctica del Dharma con una especie de tratamiento médico. Él se considera a sí mismo como un doctor en tanto que la comunidad conformada por quienes practicamos y vivimos de acuerdo con estos valores, es como el personal del hospital, digamos una suerte de enfermeros que nos ayudan en el proceso de comprensión y sanación. De tal manera que el Buda es tan sólo quien ha señalado este Camino, pero no es alguien a quien podamos rezarle en espera de alguna bendición mágica o algún otro beneficio de ese tipo. Más bien es un vivo ejemplo de lo que es humanamente posible en esta vida. Y el Buda no es una persona excepcional completamente distinta a nosotros, pero lo que él ha descubierto es algo que todos los seres humanos de todas las épocas y de cualquier lugar del mundo pueden descubrir por sí mismos. El Buda es la fuente de estas enseñanzas, es la fuente de inspiración. La comunidad nos apoya en este proceso, pero en sí la práctica de andar el Camino sólo puede realizarla cada uno de nosotros. Y esto es lo que hacemos cuando nos sentamos aquí a meditar: tenemos un entorno que nos brinda el apoyo para hacerlo, contamos con algunas ideas, enseñanzas, consejos y prácticas que podemos aprender de otros. Sin embargo, nos corresponde a cada uno de nosotros aplicarlos en cada una de las situaciones de nuestra vida. De modo que hasta cierto punto, en buena medida, estamos solos, bajo nuestra propia responsabilidad, cuando nos sentamos aquí, en silencio, con los ojos cerrados y nos descubrimos confrontando la inmediatez de nuestra existencia.

 

Ahora bien, las instrucciones de meditación que nos ha dado nuestra guía, Martine, son muy sencillas y estoy seguro de que las han oído muchas veces antes. Si nos remontamos a los textos antiguos del Canon Pali, encontramos que las instrucciones del Buda acerca de la meditación son realmente muy sencillas. La descripción clásica que se encuentra en los textos es más o menos la siguiente: “El Buda dice: —un monje se interna en el bosque y se sienta al pie de un árbol, sobre sus raíces y, mientras está ahí sentado, reconoce que cuando respira con una respiración larga, sabe que está respirando con una respiración larga...” Y así continúa con una lista completa de acciones que el monje es capaz de notar al momento de estar ocurriendo: si camina hacia adelante, sabe que está caminando hacia adelante; si está masticando su comida, sabe que está masticando su comida; si orina, sabe que está orinando, y así sucesivamente. Es de llamar la atención que poco antes de morir, ya en las últimas semanas de su vida, el Buda resumió los puntos principales de sus enseñanzas, poniendo especial énfasis en esta práctica del saber lo que está sucediendo en cada momento y, aunque en apariencia es extremadamente sencillo, y hasta puede parecernos un tanto simplista, en realidad, no es nada fácil llevarla a cabo; por el contrario, es bastante difícil. En un nivel nos decimos a nosotros mismos: “por supuesto que sé que estoy respirando con una respiración larga o que estoy orinando”. Sin embargo, lo que el Buda parece apuntar es que en cierto nivel superficial, digamos que en términos de tan sólo contar con esa información, sí sabemos lo que está sucediendo pero, en un nivel más profundo, en un nivel verdadero, en realidad no lo sabemos. De modo que el reto que nos plantea es profundizar, expandir y enriquecer nuestra conciencia de lo que ocurre en cada momento de nuestra vida, y no como un fin en sí mismo, sino porque llegar al nivel de conocimiento profundo es el primer paso para emprender el Camino.

 

No obstante, cuando nos proponemos hacerlo, nos enfrentamos con que aunque sólo sea durante unos cuantos segundos, la mente prefiere hacer algo distinto. Cada uno de ustedes viene a este lugar, se sienta en su cojín y cierra los ojos; encuentra una postura cómoda y comienza a poner atención al flujo de su respiración: a la inhalación y a la exhalación. Por algunos momentos, parece que todo va bastante bien pero, de repente, nos descubrimos en el pasado, recordando las vacaciones de hace tres años con la tía María en Cancún. O nos descubrimos brincando hacia el futuro, dentro de algunas semanas, cuando tenemos una importante reunión con algunos colegas del trabajo. O bien nos distraemos en una nube de asociaciones inconexas de pensamientos y fantasías. Y con frecuencia, nos toma varios minutos incluso poder llegar a observar que estamos distraídos. A veces estamos tan perdidos en nuestros pensamientos que ni siquiera sentimos el dolor en las rodillas y de pronto suena la campana y, a pesar de que estábamos despiertos, es como si despertáramos abruptamente.

 

Creo que lo que esto nos indica es que invertimos mucho de nuestro tiempo, gran parte de nuestra vida, flotando a la deriva en este espacio semiconsciente; en particular cuando realizamos actividades rutinarias como conducir a la oficina, o cuando emprendemos cualquier actividad que conozcamos bien, solemos no estar realmente presentes en ello, realmente no sabemos lo que estamos haciendo durante esos momentos, es como si estuviésemos funcionando en piloto automático. Estoy seguro de que todos hemos notado de vez en cuando cómo nos sucede esto, pero dado que no estamos conscientes de ello, o no estamos completamente conscientes en el preciso momento, tendemos a ignorar todo el tiempo que se nos va en esa fase de distracción. Es sólo cuando se realiza el esfuerzo deliberado de estar consciente momento a momento, por ejemplo, al meditar, que podemos observar, de pronto, cuán distraída es la mente. En ocasiones, cuando comparto lo que sé con las personas que vienen a un retiro por primera vez, lo primero que me dicen es: “esta meditación me vuelve aún más distraído”, pero lo que realmente sucede es que la meditación nos permite estar conscientes de cuánto de nuestra vida invertimos en esa fase de distracción. Toda vez que reflexionamos sobre lo que el Buda dice en relación con la conciencia y la distracción, podemos empezar a entender por qué hace tanto énfasis en “cuando respires con una respiración profunda, tienes que saber que estás respirando con una respiración profunda”. Parece muy sencillo pero en cuanto lo practicamos nos damos cuenta de que no es tan fácil. De modo que quizá queramos preguntarnos por qué nos resistimos a hacer esto que parece tan sencillo, y aquellos de ustedes que han estado meditando durante algún periodo, tal vez incluso hasta por años, probablemente notarán que a pesar de ya haber experimentado en carne propia la poderosa experiencia que es estar conscientes en el momento, aún nos descubrimos adelantándonos al futuro, precipitándonos al pasado, vagando sin rumbo... A veces pareciera que esta sencilla práctica de meditación produjese una enorme resistencia de algo muy arraigado en nuestro organismo...

 

Y quizá ésta sea una de las razones por las cuales el Buda describe sus enseñanzas como “ir contra la corriente”. Inmediatamente después de haber alcanzado la iluminación recuerda haber pensado: “Este Dharma que he descubierto es muy difícil de entender, va contra la corriente, si yo trato de enseñárselo a la gente, no podrán entender de lo que hablo”.  De modo que en cierto sentido, pese a que lo que hay que entender es muy sencillo y muy inmediato, también va contra la intuición, es contra-intuitivo en varios sentidos. Por ejemplo, respecto a nuestras ideas sobre religión y espiritualidad, creemos que ambas nos ofrecen una vía para trascender el sufrimiento de este mundo, por lo tanto, la iluminación o la experiencia mística tendría que ver con vislumbrar la naturaleza de una realidad absoluta o un dios o algo que trascienda el mecanismo del aquí y el ahora. Sin embargo, el Buda parece estar diciéndonos que la salvación personal no depende de ningún ámbito trascendental, sino que la salvación reside en penetrar profundamente y con todo el corazón a la realidad condicionada de nuestra existencia, es decir, observar a fondo la respiración, las sensaciones corporales, los sentimientos y las emociones que van y vienen dentro del cuerpo, los pensamientos, los recuerdos, las fantasías que surgen en la mente y todo lo que vemos —el campo, las flores, las montañas, el cielo—, los sonidos que escuchamos, los ruidos, los camiones que pasan por la carretera, los olores provenientes de la cocina cuando desayunamos, los sabores de la comida, el contacto de nuestro cuerpo con la silla. Observando estos detalles, abriéndonos a todos ellos, ahí es donde podemos encontrar el Camino a la salvación. Y no es que encontremos en él algo que sea permanente y durable, por el contrario, vemos que todo lo que observamos se evapora, cambia, se desvanece de un momento a otro. Y no hay nada fuera que pueda ubicarse como separado de este flujo impermanente sino que todo lo que experimentamos es contingente. “Contingente” significa que todo lo que experimentamos depende de otras condiciones que, a su vez, son impermanentes y codependientes.

 

Lo que Buda nos enseña en términos de la metodología es una manera de estabilizar nuestra atención. No se trata de una estabilidad que nos conduzca hasta una suerte de trance hipnótico, sino de una estabilidad que nos conduzca hasta el punto donde seamos capaces de percatarnos con claridad y profundidad el juego de la vida misma tal y como se nos presenta en cada momento. Esto es a lo que él se refiere cuando dice “conocer” o “conocer completamente” o “conocer plenamente”, es decir, Prajna, que los tibetanos traducen como “lo plenamente conocido” o “lo conocido en su totalidad”.

 

Lo que estamos practicando aquí es conocer plenamente lo que sucede en nuestras vidas en un momento determinado. Lo que empezamos a descubrir al realizar esta práctica, es cómo nuestra relación con este mundo es una fuente de frustración constante, ansiedad y dolor. Y lo vemos en nuestra meditación, por ejemplo, cuando nos viene a la mente algo placentero y de inmediato tratamos de atraparlo, de asirlo y de no dejarlo ir; estamos atados a este hábito de manera compulsiva. Y si surge algo desagradable o doloroso, de inmediato y compulsivamente reaccionamos contra ello con aversión y disgusto, y le ofrecemos oposición. Pero si la experiencia no es ni particularmente placentera ni particularmente desagradable o dolorosa, entonces simplemente nos sentimos aburridos, y es este tipo de aburrimiento el que con frecuencia nos empuja hacia una realidad sustituta a través de lo que conocemos como ensoñaciones o fantasías o recuerdos. Por lo tanto, el problema no radica en lo cambiante, efímero y contingente del mundo en sí; radica en nuestra relación distorsionada, confusa y conflictiva en nuestra relación con él. He escuchado un muy buen ejemplo al respecto. Existe un lugar, quizá sea en África, donde tienen una peculiar manera de atrapar monos: se agarra un coco, se vacía y se agranda uno de los orificios por donde se sacó el agua, y se ponen dulces dentro del fruto. Ahora bien, el orificio es lo suficientemente grande para que el mono pueda meter la mano, pero es demasiado pequeño como para que la saque con el puño cerrado sosteniendo los dulces. Se amarra el coco a un árbol. Sucede que el mono agarra los dulces y dado que los desea tan desesperadamente, no los suelta, quiere jalar el coco pero está atado al árbol y no lo puede desamarrar, así que aparecen los cazadores y lo atrapan.

 

No sé si sea o no verdad pero ilustra bastante bien el punto que quiero destacar. Si tiene cierta resonancia para nosotros, probablemente signifique que reconocemos que a veces también actuamos así en nuestras vidas. ¿Cuántas veces somos indulgentes con nosotros mismos al realizar actividades que parecen proporcionarnos placer pero a mediano plazo realmente nos causan dolor? Las seguimos repitiendo sin importar cuánto dolor nos causen. Pongamos por ejemplo a un alcohólico: bebe y como resultado de ello, experimenta mucho dolor y se lo causa a su familia, pero no importa qué tan claro lo tenga, siempre vuelve a la botella. O en el contexto de alguna relación con alguien muy cercano, quizá la relación se vuelva disfuncional y termine por hacer pelear a los involucrados, incluso hasta llegar a los golpes y a provocar mucho sufrimiento recíproco, pero sucede que no es posible separarse, regresan una y otra vez, mantienen su apego por el otro, y el ciclo de sufrimiento y dolor se repite infinitamente. Ésta es una metáfora que se usa en el budismo para ilustrar lo que llaman el ciclo de nacer y morir y en la cosmología del budismo tradicional se concibe que después de la muerte renacemos en otro mundo pero seguimos haciendo más o menos el mismo tipo de cosas absurdas que estamos haciendo en este mundo, lo cual provoca que renazcamos otra vez y pasemos por todo el ciclo sucesivamente.

 

Hoy en día podemos entender esto como algo exclusivamente psicológico y si observamos nuestros patrones de comportamiento mental descubrimos que tendemos a repetir los mismos errores una y otra vez, que seguimos diciendo lo mismo y seguimos despertando las mismas reacciones negativas en los demás, que seguimos teniendo los mismos pensamientos negativos sobre nosotros mismos y seguimos hundiéndonos en una suerte de depresión. Hay algo de demoníaco en este andar en círculos, como si de alguna manera estuviésemos poseídos por alguna fuerza que nos empujara a hacer las cosas que toda mente sana sabe que sólo causarán más dolor. Lo que tratamos de hacer a través de la meditación es crear un estado mental sano y estable desde el cual podamos empezar a ver cómo se inicia este proceso, cómo surgen estos patrones mentales y cómo se desenvuelven en nosotros. El objetivo de esta meditación no es vaciar la mente de todo pensamiento, sino aprender cómo crear un espacio tranquilo, silencioso y despejado desde el cual podamos entender y observar el proceso de nuestra mente con mayor claridad y profundidad; este espacio en la mente es lo que nos permitirá empezar a soltar y, quizá después de varias generaciones de monos y cocos haya un mono inteligente que pueda decir: “¡Con que sí! ¡No hay que aferrarse a los dulces!” Pero soltar, dejar ir, no es algo que pueda realizarse a fuerza de voluntad sino más bien, es el resultado natural de una comprensión más profunda de lo que uno hace realmente a cada momento.

 

El Buda habla de cómo podemos descubrir a través del “conocer plenamente” que la manera particular en que nos comportamos repetitivamente en ciclos es lo que provoca el sufrimiento. Con el tiempo, gradualmente este entendimiento comienza a asentarse en nuestras emociones y en nuestro cuerpo y, cuando realmente empezamos a ver con claridad nuestras tendencias destructivas, como consecuencia natural, nos rendimos o dejamos de hacer ese tipo de cosas.

 

Un ejemplo de ello puede hallarse en los textos de la tradición pali —y también en los de la posterior tradición mahāyāna— la idea de los niños que a determinada edad pierden interés en construir castillos de arena; creo que hasta los cinco o seis años uno está completamente obsesionado en construir algún castillo o valla de arena para impedir que el mar llegue a la playa. Pero a lo largo del proceso de crecer y madurar, de estar mejor adaptado, en cierto punto, simplemente se pierde el interés en construirlos. Éste es el rasgo de la madurez. Buda lo compara con las personas que están atrapadas en ciclos de comportamiento destructivo y se refiere a ellas como “personas que son como niños” y el Camino que sugiere es el de madurar, de crecer, ya que aunque físicamente seamos adultos y maduros, existencialmente seguimos siendo infantiles: aunque ya no gritemos y pataleemos haciendo berrinche como lo hace una criatura, a veces hacemos algo similar al interior de nuestra mente. Como pueden ver, la práctica no es algo que necesariamente va a proporcionarnos una solución rápida a estos problemas, quizá haya momentos de introspección y comprensión muy profundas, pero la práctica en un sentido más amplio es como el crecer, como alcanzar la madurez: toma tiempo y sus efectos son graduales. Ahora bien, lo que puede suceder en cierto punto del auto-conocimiento, es que el entendimiento sea tal que no sólo abandonemos ciertas formas compulsivas de pensar y de actuar sino que repentinamente lleguemos a un momento en el que esas reacciones compulsivas y neuróticas ya no ocurran y ese momento en que nos detenemos es lo que el Buda llamó Nirvāna.

 

 

El Nirvāna no es una especie de cielo budista, ni un estado trascendental. Puede durar sólo unos segundos y, de hecho, la mayoría de las tradiciones budistas concuerdan en señalar que el primer atisbo del Nirvāna es muy muy breve, sólo por algunos momentitos. Básicamente es una experiencia en la cual no reaccionamos, una profunda no-reacción provocada por el apego y la aversión y la confusión. La palabra misma significa “apagarse”, “terminar”, y psicológicamente se experimentaría como este momento de “No tengo que comportarme de tal o cual manera. Ya no tengo que ser así.” Es el reconocimiento de que es posible estar en este mundo de una manera diferente, es la conciencia de esta nueva posibilidad que es el primer eslabón del Óctuple Sendero.

 

Ahora bien, algunas veces el budismo presenta el Nirvāna como la meta final, como algo casi imposible de alcanzar a través de varias vidas y, si corremos con suerte, a lo mejor la alcanzamos, y eso es cierto en términos del cuadro general, particularmente si lo vemos en términos de múltiples vidas y renacimientos. Pero si lo pensamos en términos de una experiencia que es posible aquí y ahora, puesto que hay una frase que encontramos reiteradamente en el Canon Pali —“En esta misma vida”... —, entonces, a lo que él se refiere es a la posibilidad de una profunda liberación aquí y ahora, pero también resulta crucial que éste no es el fin del Camino sino meramente el principio. Es en este punto donde inicia la práctica, y por práctica entiendo la creación y el cultivo del Camino, y a eso nos referiremos el día de mañana.

 

Antes de pasar a la siguiente sesión de meditación, me gustaría apuntar algunos detalles sobre la meditación caminando. Solemos pensar que la meditación real es la que realizamos sentados sobre el cojín en este lugar, y que la meditación andando es una suerte de meditación superficial, pero creo que ésa no es una actitud que nos ayude mucho. Resulta por demás interesante que si revisamos los textos antiguos, Buda no privilegia la meditación sedente sino el hecho de estar conscientes. El cultivo de esta atención plena es algo que se requiere para cada situación. Así que es realmente muy importante que continuemos esta práctica en todo momento: al ponernos de pie, al dirigirnos hacia la puerta, al caminar hacia el pavimento... Y no privilegiar en cierta medida lo que hacemos en este salón como si aquí ocurriera lo más importante o lo más verdadero o lo más real. La meditación andando es también un excelente puente que nos permite acercarnos a esa actitud despierta y consciente en nuestra vida cotidiana. El objetivo de esta práctica es ser capaces de estar cada vez más atentos, tranquilos y conscientes en cualquier situación.

 

Para quienes no han realizado antes la meditación caminando, daré algunas breves instrucciones. Les sugiero escoger cualquier sitio allá afuera donde se sientan bien y decidir recorrer cierta distancia, digamos unos diez metros, ponerse delante de ese tramo y ser conscientes durante algunos momentos de cómo es estar ahí de pie... de la presión que ejercen sus pies sobre el piso, de las sensaciones que recorren su cuerpo, de cómo se encuentran de ánimo, de la brisa, del viento, de cómo se siente sobre la piel, en las manos, en la cara, y también de lo que ven en la periferia. Pero todo el tiempo hay que mantener un eje que es la respiración y observar cómo esta respiración se siente en el cuerpo. Y cuando se sientan en equilibrio, empiecen a andar sobre ese tramo que eligieron.  Resulta útil caminar más despacio de lo normal. Automáticamente estarán más conscientes del hecho de estar caminando. Y, por otro lado, nos ayudará a salir del hábito mental donde, por lo general, asociamos “caminar” con “llegar a un lugar”. En esta meditación caminamos por caminar. Y al hacerlo gradualmente adquirimos conciencia del ritmo que lleva nuestro cuerpo, de la cadencia de la cadera, los hombros, la espalda y, particularmente, de cómo levantamos, bajamos y apoyamos cada pie. Conforme caminemos habrá mayor variación del espacio visual porque parecerá que todo se mueve conforme nos movemos. También sentirán el aire y caminarán en ambos sentidos el tramo elegido, una y otra vez, desarrollando esta atención a lo que están haciendo. Si la mente divaga, en vez de volver a la respiración, vuelvan a los pies, vean cómo se van moviendo en este trayecto. También pueden experimentar qué pasa con su velocidad, qué es lo mejor para entrar en un estado meditativo y contemplativo: si ir más lento o más rápido.

 

Haremos esto durante algunos minutos. Por favor, traten de no romper ese estado de atención al escuchar la campana para regresar. Caminen lentamente hacia el salón, ocupen su lugar en silencio y continúen con lo que están haciendo, poniendo atención ahora a la respiración, sin que haya interrupción entre una y otra actividades. Nos vemos aquí en veinte minutos para la siguiente sesión. Gracias.

 

 

Créditos:

La transcripción de la charla en inglés fue realizada por Nayeli Maillefert.

La versión escrita en español fue realizada por Irlanda Villegas, con base en la traducción simultánea de Sergio Stern, disponible en voz del autor en www.dharmaentuidioma.com. Para la elaboración de estas versiones, cuyo único fin es la difusión de estas enseñanzas, se cuenta con la generosa autorización de Stephen Batchelor.